Un terrible visitante. Jimena llegó a la casa de los abogados Urquisa a eso de las 11 de la noche. Marcela Urquisa había ganado un caso muy importante esa mañana, así que tendría una gran celebración con su equipo legal y el cliente en las afueras de la ciudad. Ella y su esposo ya estaban preparados para marcharse. Jimena se quedaría a cuidar a los hijos de la pareja de 6 y 9 años, quienes ya dormían. —Quédate cerca de la habitación de los niños y mantén cerrada la puerta de seguridad de la escalera. Sebastián ha dormido mal estos días, se despierta agitado en las noches y en ocasiones camina dormido —pidió Marcela antes de irse con su marido, refiriéndose a su hijo menor. Jimena dio una vuelta por la casa para garantizar que ventanas y puertas estaban cerradas, luego subió a la primera planta llevando consigo una merienda, y cuidando de pasar seguro a la puerta de seguridad de la escalera. Visitó las habitaciones de los chicos confirmando que dormían profundamente y se quedó en la salita de ese piso para ver televisión. Casi tira la malteada al suelo por un sobresalto. En una esquina del salón, en la zona de juego de los niños, se hallaba un payaso de plástico de un metro de alto, con ojos grandes y sonrisa espantosa. Las manos las tenía alzadas, como si estuviese a punto de asustar a alguien. —¿Quién dormiría tranquilo con una cosa como esa cerca? —dijo para sí misma mientras ocupaba un puesto en el sofá y encendía el televisor. Se entretuvo con la repetición de un programa de preguntas mientras comía, pero no podía estar tranquila. De vez en cuando lanzaba miradas hacia el muñeco porque no le gustaba su apariencia. Pensó que algunas personas se excedían con el tipo de juguetes que compraban para sus hijos. Unos minutos después recibió un mensaje de texto a su móvil de una amiga, chateó con ella un buen rato olvidándose de su alrededor. Cuando terminó la conversación volvió a atender lo que sucedía en la televisión, pero por instinto dirigió de nuevo una ojeada hacia el payaso. La sangre se le congeló en el cuerpo al notar que estaba movido de sitio. Se hallaba más cerca de ella y ahora la veía con fijeza. —¿Qué carajos? Por poco sale corriendo dominada por el espanto, pero entonces recordó la costumbre del niño menor de caminar dormido. Quizás lo movió mientras ella estaba descuidada con el móvil regresando luego a su habitación. Se levantó para revisar los dormitorios. Una vez más confirmó que los niños dormían tranquilos. Se fijó en la pantalla del teléfono para ver la hora. Faltaban pocos minutos para las 12 de la madrugada, los Urquisa de seguro estarían llegando a su fiesta. Decidió llamarlos porque se sentía muy inquieta. La figura del payaso y su mirada aterradora le tenía el corazón latiéndole con agitación. —Disculpe la molestia, señora Urquisa. ¿Podría pedirle a mi hermano Román que se quede conmigo en su casa esta noche? Mis padres también salieron y él no quiere quedarse solo en casa —mintió, solo quería compañía. Su hermano menor era más valiente que ella. —Claro, corazón. Solo no hagan mucho ruido para que los niños duerman bien. —Me ocuparé de eso. Y otra cosa, señora Urquisa —continuó insegura—. ¿Puedo cubrir con una manta el muñeco de payaso que tienen en la salita de la primera planta? Por unos cuantos segundos hubo un silencio incómodo al otro lado de la línea, hasta que con voz alarmada la señora Urquisa le respondió: —¡Despierta a los niños y salgan inmediatamente de la casa! NO TENEMOS NINGÚN MUÑECO DE PAYASO.
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