El cambio puede ser en exceso doloroso. Sentir que los huesos de reacomodan por cuenta propia bajo la piel, torciéndose, reubicándose, acondicionándose a una nueva forma, desgarrando músculos para desarrollar otros, dejándote en carne viva hasta que todo el proceso acabe, envuelto en una apretada crisálida, muy estrecha, oscura y asfixiante. No es posible atravesar ese momento con cordura. Pero entonces todo termina y las horas pasan. La barrera que te oculta se cuartea por el efecto del viento y entra la luz a través de pequeños hoyos, que poco a poco se van haciendo más grandes hasta dejarte liberado. Y caes al suelo, inerte, adolorido y tembloroso, con un nuevo cuerpo que aún no sabes usar, que es vulnerable, débil y sensible. Pero igual te esfuerzas por ponerte de pie y estirar tus alas. Te duele, aunque no más que antes. Y el sol te fortalece, sus rayos te calientan, endurecen tu piel, le dan color, vida y energía, una necesaria para emprender el vuelo, uno que al principio se muestra torpe, pero una vez que estás en el aire, ya nadie te detiene. Nada te regresará al mismo punto, porque te has marchado, te fuiste lejos a explorar nuevos horizontes, donde posiblemente debas atravesar otros cambios. La vida es movimiento. Nunca te detengas. Escrito propio. © Jonaira Campagnuolo, 2022. Foto: muyinteresante.es
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