#ComoSeCreaUnMonstruo #AlertaDebate #DeCalidad #Vivencia #Español Virginia era una muchacha muy zalamera, vivaz y elocuente. Todos tenían que hacer con ella pues siempre fue alegre y conversadora. Criada por su mamá de esa manera bien antigua en que “las muchachas luego de casadas se debían a sus esposos”, asumió su matrimonio acorde con la tradición, aunque no tan apegada a las reglas. Siempre fue su anhelo tener una pequeña a la que mimar y regalarle su amor y así llego a su vida el primer embarazo. A los nueve meses al fin la criatura llegó al mundo y para su sorpresa era un varón. No era lo que esperaba, pero que más, la criatura tenía salud y ella un bebe así que emprendió el camino de la crianza. Las cosas en el matrimonio no fueron como ella esperaba por lo que decidió terminar con la relación y continuar con la vida de madre soltera. Todo iba marchando bien en la medida, pero nada como estar acompañado así que nuevamente el amor toco su puerta y regresó el ansia de buscar una pequeña que en poco tiempo quedó materializada. Este hecho le hizo colmar a la pequeña de mimos y esmeros, a pesar del primogénito que crecía y de las otras dos pequeñas que se unieron a la vida de esa familia donde ella era el centro de creación. El tiempo fue pasando y la mayor de las pequeñas crecía bajo el manto de sobre protecciones y mimos excedidos. Siempre fue marcada la diferencia entre todos sus hijos, esta gozaba de mimos únicos que en ocasiones llegaron a hacerle creer que merecía todo antes que nadie. Muchas veces y con conducta totalmente egoísta recriminó a sus hermanos y la madre hacía ojos ciegos a esta conducta. Todos fueron creciendo y el varón hizo su familia dejando la casa para ir a vivir junto a su esposa, aunque cerca y siempre al tanto de su mamá. La segunda pequeña dejo el nido para aventurarse con el padre a emigrar a otra tierra bajo su abrigo y cuando emplumó ayudó a la más pequeña de las hermanas a unirse con ella en esa aventura. Ambas nunca dejaron de estar al tanto de ayudar a su mamá y de darle abrigo, así como el varón que a diario le visitaba y le ayudaba en lo que necesitaba. Con ella solo quedó la primera de las hembras, siempre mimada y consentida. Sin trabajar y dependiente únicamente de las remesas y ayudas que brindaban sus hermanos para su madre. Sintiéndose el centro del mundo, considerando que lo merecía todo y su mamá demostrándole que así era. Se casó y llegó a casa otra nietecita, pues todos los hijos ya habían tenido descendencia, pero ninguno de los nietos como esta, que era la semilla de su bebé predilecta. Los años, como jueces implacables de la vida comenzaron a pasar factura y llegaron las dolencias de una mamá para nada joven y ahora dependiente de la retribución de amor de sus hijos. Todos pusieron su granito de arena en las atenciones a mamá. Todos menos la predilecta, siempre haciendo reclamos y protestando pues ella nunca estaba de acuerdo en dar cuidado a su madre. Mamá hospitalizó varias veces debido a sus dolencias y ella apenas iba a verla. Siempre se limitaba a “algunas veces” visitarla en el hospital, dándole prioridad a su vida por encima de todo. Dándole más amor a sus mascotas que a su propia madre. Aquella madre fue empeorando cada día, su salud iba en picada y su “pequeña mimada” que era con quien compartía el techo hacía solo lo imprescindible, mientras se iba apagando de a poco en su agonía. “Ayy…” se sintió un quejido de dolor que viene desde el baño. La pequeña nietecita se acercó y encontró que su abuela estaba desplomada en el sanitario y el agua estaba teñida de rojo. ¡Mamá, corre! Gritó, esta caminó hasta el baño y dijo con voz pausada, “espera que voy a llamar a tu padre para que me ayude a cargarla que yo no puedo hacer esa fuerza”. La pequeña quedó allí todo el tiempo dando consuelo a su abuela hasta que llegó su papá y le sacó de allí. Este rápidamente llamo al hijo quien en poco tiempo ya estaba allí y juntos bajaron a la señora por las angostas escaleras para llevarla de urgencia al centro de urgencia. Mientras bajaba, la mamá le susurro a su hijo, “ya no puedo más, no me siento nada del cuerpo” y este con lágrimas en los ojos le dijo, “tranquila mami que aún te queda mucho por vivir”. Allí poco podía hacer y les dijeron que al día siguiente había que remitirla a un hospital para que ingresara y le hicieran un estudio. Ya de regreso en casa, la madre, sentada en aquel sillón de ruedas, con la cabeza gacha, mirada mustia y perdida, estaba en la sala de la casa escuchaba los reclamos acalorados de su hijo a la “pequeña Malcriada” que solo decía; “yo no puedo ir a cuidar a mami al hospital. Imagínate, ¿quién va a cuidar y a alimentar a los perros mientras yo no esté? Nada de eso, tú te quedas y que tu esposa que le mande la comida a ustedes”. Aquella señora escuchaba atenta cada palabra dicha por la que siempre fuera “La niña de sus ojos” y en su interior se negaba muchas veces el haber escuchado esas palabras. ¿Me pueden llevar al baño?, dijo en voz baja, como dejando escapar el último aliento de su ser. Su hijo le tomó en brazos y le llevo al baño, la sentó en el sanitario y quedó a la espera. Ella únicamente miró a todos por última vez mientras se apagaba la llama de su vida en los brazos de su primogénito, lejos incluso del monstruo que ella misma creó. Nada más quedaron gritos de desespero, llantos, lamentos y el terrible reproche que se llevó consigo, quien en vida dio todo para alguien que no fue capaz ni de derramar una lágrima por ella en su última morada. Detente a pensar que hay que malcriar con límite, pues a la larga esto puede tener un costo totalmente indeseado. Y tú, ¿te animas a dejarme tu criterio?, #TeEstoyLeyendo Autoría de @Freddy2021 Imagen atribuida a Printerest.com
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Pienso que la enseñanza de antes era diferente, hoy los jóvenes en la gran mayoría desconocen los valores ,muy interesante tu historia gracias por compartir