Las noches de tormenta son de mis favoritas. Desde hace poco,porque la lluvia no era un bien preciado para mí. Hoy en día es diferente. El cielo es cruel y crudo. El calor no perdona y no existe tal cosa como sombra que suavice el infierno en el que puede convertirse. Estamos en el desierto, y como tal, pueden pasar 3 meses sin ver una gota de lluvia. En las montañas 10 días sin lluvia sería una cosa demasiado extraña. Sentir el rocío y la posible lluvia por llegar, es moneda corriente. Acá el suelo quema, la gente no sale afuera a menos que sea necesario. Como si una muerte inminente estuviera al acecho. En cada rincón esperando el mínimo descuido y robando un pedazo de tu alma. Morbosamente, porque te va arrancando de a poco la vida, torturandote. La piel transpirada se convierte en sudor frío. La vista se torna borrosa. Los pasos dejan de ser seguros, como si alguien te empujara en distintas direcciones, quitándote el equilibrio. Para cuando tocas el suelo, el sol se fue, el calor se fue. Y ahora solo está oscuro y frío... Pero tampoco llueve, la tormenta no hace ruido. Y jamás llegará.
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