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Las palabras del jefazo: •Huerto •Disputa •Confidencia •Pueblo •Juntas LA FERIA OCULTA Mi abuelo Toto se la pasaba hablando de anécdotas que no podía demostrar. Como ese día que le dio una trompada a Stallone en el bar de Pedro Souto. Toda esa DISPUTA había sido por una mujer. ¿Pero si Stallone no era tan mujeriego? Bueno, el asunto es que en unas de esas charlas, se enteró de la feria clandestina , el lugar donde se vendían todas las cosas prohibidas y mágicas. ¿Cosas mágicas? -Sí, esa CONFIDENCIA le confiaron a mi abuelo TOTO.- Y ambos coincidimos en que debíamos ir a ver de qué se trataba esa feria escondida en la quebrada de Humeldom, donde no era posible llegar en tren, auto o helicóptero. Así que uno de esos días contratamos unos caballos y nos fuimos a galope manso. Según mi abuelo, pocos le habían ganado en las domas de estos animales. El viaje fue corto. La feria escondida no quedaba tan lejos. Estaba a menos de 10 kmts del PUEBLO. Al aproximarnos, mi abuelo habló con la voz de la experiencia. -Te daré 10 mil pesos por si ves algo interesante. Pero no compres ninguna cosa que no sea de utilidad, pues estas ferias están llenas de charlatanes. De mentirosos. De embaucadores que venden cosas irreales.- - No soy fácil de engañarr,- protesté. -Eso espero,- dijo. Atamos los caballos a un poste. Y advertimos de que había bastantes personas JUNTAS en ese lugar. Ingresamos con la cabeza alta, como si fuéramos fiscales del orden y nos sintiéramos superiores a esos sinvergüenzas. Enseguida un hombre llamó a mi abuelo para que vaya a ver unos polvos mágicos. El vendedor no sabía con quién se estaba metiendo. Por mi parte, me quedé obnubilado. Una mujer con falda corta y caderas redondeadas caminaba delante mío. Se contorneaba como una víbora. Era más grande que yo, pero lo único que me interesaba era el tamaño de su baúl. Y cómo lo movía. Comencé a seguirla. ¿Cómo alguien podía tener semejante curvosidad y usar vestido amarillo? Hasta el cura dejaría los hábitos . Ella se detuvo en uno de los puestos. Y yo me acerqué para mirar de cerca, fingiendo que me interesaban las cosas. Ella me miró y esbozó una sonrisa. Pero giró alrededor del estante descubriendo que era la dueña. -Tengo algo para ti,- me dijo contorneando la cadera. -Lo quiero ver,- le respondí. Ella giró ese tremendo cuerpo para sacar una piedra de una caja. La puso sobre la tabla que obraba de mostrador. -Qué linda piedra, - le dije. -No es una piedra.- Refutó. –Es un talismán mágico.- Yo permanecí mudo. -¿Y qué hace?- -Detecta veneno. Cuando haya veneno cerca de ti, el talismán te dará aviso.- -¿Es muy caro?- -Sí, claro, tiene gran valor.- -Entonces no lo llevo, porque sólo tengo 10 mil pesos.- Ella murmuró. -Eso, no sé si es suficiente,- y luego se frotó la frente. –No sé qué hacer.- Estaba indecisa y comenzó a mover las caderas de un lado al otro, como bailando algo. Y a mí se me quería escapar hacia fuera del pantalón, el fajo de billetes. Algo los empujaba. -Eres un buen chico,- me dijo, -te lo vendo a 10 mil.- Enseguida pagué y agarré la piedra. Quería hacerle algunas preguntas más íntimas pero ella se alejó moviendo las caderas. Quise decirle algo pero no me salieron las palabras. Regresé por sobre mis pasos. Buscaba a mi abuelo. Hasta que di con él. Me estaba esperando junto a los caballos. El viejo sostenía unas bolsas de tierra en la mano. -¿Qué compraste?- Le pregunté. -Fertilizante mágico para la quinta.- -Pero estás loco, no dijiste que ibas a evitar el engaño.- -El hombre dijo que funcionaban muy bien.- -Pero eso es una porquería. Es tierra juntada de ahí nomás.- -Claro que no, esto es mágico, le da propiedades mágicas a las plantas.- -Ah sí, y cuáles son esas propiedades mágicas.- -Eso es lo misterioso. No siempre le da las mimas propiedades mágicas. Hay que descubrir cuáles se desarrollan.- En ese momento exploté de ira. – ¿Me estás tomando el pelo?. Quién puede ser tan estúpido como para creer eso.- Los ojos del viejo se volvieron llorosos. Y apretó los labios con bronca. -Y tú que compraste.- Me preguntó. Metí la mano en el bolsillo y saqué el talismán. Lo miré de nuevo. Era una piedra tan común. Mi voz tembló. –Compré un talismán mágico que detecta el veneno.- El viejo permaneció en silencio varios segundos. Luego comenzó a aguantar una risa, hasta que estalló en carcajadas. Sus pantalones se humedecieron porque entre las risotadas aflojó la canilla. -Un talismán mágico,- gritó el viejo riendo. Sus carcajadas diabólicas retumbaban entre la quebrada de la montaña. –O sea que si de casualidad funcionara, no te sirve para nada puesto que no tenemos una necesidad de darle uso.- Tuve que aguantar su risa todo el viaje. Y yo le retrucaba que rogara que la tierra esa sirviera al menos como fertilizante con minerales de la montaña. Porque sino, su compra iba a ser la peor inversión de las dos. Cuando llegamos, el viejo esparció el polvo mágico sobre el HUERTO. Pasaron los meses. Ninguna creció hasta las nubes. Pero era indudable de qué había algo mágico en todo ello. Las plantas se desarrollaron como en la mejor de las posibilidades. Dieron verduras de tamaños grandes y muy saludables. Las plagas no las atacaron. Tampoco falló siquiera una. Pero no se podía determinar qué cualidad mágica tenían. Así que a mi abuelo se le ocurrió que había que consumirlas y en ese caso, quizá alguno saldría volando y el otro lanzaría energía eléctrica de los dedos. O vaya a saber qué otros atributos entregarían. Ese medio día cocinó un lechón para festejar la magia. Para acompañar, preparó una ensalada de lechuga con rabanitos, cebolla, vinagre y sal. Todo del huerto. Como si fuéramos Rapunzel, teníamos ganas de probar las hortalizas. Así que nos abalanzamos hacia ellas. Estaban sabrosas. Pero no sentíamos nada mágico. El viejo se afligió.-¿Fue una estafa?.- Se preguntó. Y luego agregó: -¿ Pero cómo crecieron tan fuertes en este suelo malo?- En ese momento se retorció de dolor estomacal. Yo sentí lo mismo. Y luego mareo. El viejo también. -¡Son mágicas!- grité paralizado de dolor. -No lo son,- respondió mi abuelo. En su tono se notaba la pesadumbre. Con mis últimas fuerzas, lleno de dolor y felicidad, señalé el estante de un mueble. –Mira allí.- El viejo se enfocó en esa dirección, para descubrir que el Talisman brillaba de manera intermitente. -Tienen propiedades venenosas,- expliqué casi sin aliento. Fin

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