read.cash Log in
@DadoblancoOnNoiseApp more from that month

Dinámica del día jueves. #5Palabras son: Batalla, Fogosa, Calle, Empina y Jardín... Vengo un tanto atrasado. Ya haré la del sábado. DESCUBRIMIENTO FANTÁSTICO Esa mañana salí a comprar el pan. Ahí estaban, los inútiles de la cooperativa eléctrica haciendo un pozo para cambiar una palmera del alumbrado público que se había quebrado. El poste iba en una zona del JARDÍN del frente de mi casa. Porque no había lugar en la angosta vereda. Lo sé. Ni lo digan, la planificación urbana de estas ciudades viejas es un desastre con una CALLE que se corta y reaparece a las 10 cuadras. Todo un laberinto. -Escarben ahí,- les dije. Y los tipos se pusieron a realizar la tarea. Eran lentos como caracoles domados. Me daba mucha bronca. ¿Les pagaban por trabajar en cámara lenta? Esos dos se merecían la silla eléctrica. Si yo fuera el capataz, contrataría gente veloz y obediente. Así que me fui a comprar el pan, para no rabiar más por culpa de esos ineptos. Si tenía suerte, la panadera se iba a poner una de esas blusas que descubrían un escote interminable. Ella era muy FOGOSA. A la flauta, decía la gente que iba a mirar eso y no los pésimos panificados que hacía. Al regreso, me encuentro con lo inimaginable. Esta caterva de haraganes de pocas ideas, habían cavado dos metros a la derecha de dónde les indiqué. -La tierra estaba muy dura allí,- habían dicho al unísono. -En esa parte estaba más blanda.- El problema era que estaban desenterrando los huesos del hippie Christian Galurso. Lo había matado hacía unos 7 años. El tiempo pasaba rápido. -Amor y paz,-fue lo último que dijo la noche en que lo encontré robando una cesta de membrillos que me habían regalado. Iracundo agarré una caña de bambú del sillón que estaba arreglando y le atravesé el pecho. Murió en el acto. Y yo me asusté en el acto. Así que lo desnudé, hice un pozo bien profundo para enterrarlo con la caña y sus collares de hippie. -Parecen huesos de carnero,- dijo uno de los poco iluminados empleado de la cooperativa eléctrica. -¿Serán? - le respondí. –No conozco nada de carneros,- agregué. -Sí señor. Estoy seguro porque a mi abuelo le gusta esa carne. Es un espectáculo ver como se EMPINA una botella. Cuanto más come, más bebe – explicó el pobre infeliz. Y cuando todo iba bien rumbeado, se cruzó la calle Elsa Chambi, una vieja rancia que se desempeñaba como presidenta de la casa de la cultura. Y como buena chusma, ella estaba escuchando la conversación. Al ver los restos, dio un alarido ininteligible. -Alto, alto,- ordenó . – No caven más. Esos son huesos humanos. Voy por la policía.- dijo ella y se alejó más rápido que volando. –No caven más,- repitió a la distancia. -No lo toquen,- agregó. Los empleados vagos, vieron la oportunidad de escapar al trabajo y sin mucha preocupación cesaron las tareas. Se subieron a la camioneta de la empresa y se fueron. Y ahí quedé yo. Sin saber qué hacer. Creía que me iban a descubrir. Y no tenía ganas de escapar y andar escondiéndome toda la vida. Así que me dije “vamos a jugar a ver cuántos me llevo a la tumba.” Cargué la pistola Beretta PX4 pavon, calibre 45. Y me dejé unas cuantas balas en el bolsillo por si no me mataban, y tenía tiempo de recargar el arma, para llevarme a otros tantos más. Ya imaginaba los titulares… “el refaccionista del barrio se carga a 15 policías”. Me senté a esperar. La calma reinaba. Como de costumbre. Eran momentos previos a que se desatara una violencia sin paragón de la que solamente unos pocos sobrevivientes podrán dar gracia de haber sido testigos del hecho para narrarlo una y otra vez, en los distintos programas de televisión. Me levanté de la silla y le puse alpiste al canario. No quisiera que pase hambre en mi ausencia. En ese momento se escuchó la frenada de varios vehículos. La BATALLA estaba por comenzar. Miré por la ventana y allí contemplé cómo bajaba la policía junto a Elsa y otras personas más. Un hombre vestía un traje y corbata. ¿Sería un fiscal? Saqué el seguro del arma y me la puse en el elástico del pantalón. La tapé con el borde del pulóver que llevaba puesto para poder sacarla con gran velocidad y arrancarle la cabeza de un disparo al que estuviera más cerca. Al salir afuera, observé que la policía encintaba el lugar. Pero de manera curiosa, la que daba órdenes era la vieja chusma. -Qué anda pasando.- Les pregunté. En seguida el hombre de traje y corbata comenzó a caminar hacia mí para interceptarme. Metí la mano por debajo del pulóver para sostener el mango del arma. Con el dedo acaricié el gatillo. Ya imaginaba un agujero en la cabeza del tipo. -Soy el doctor Pugliese,- dijo. –Antropólogo.- Agregó. Yo lo miré taciturno. -La señora Elsa ha descubierto un Aniwa en su jardín.- Explicó. -¿Aniwa?- Pregunté. - Sí señor, un Aniwa, se tratan de aborígenes propios de la polinesia que llegaban a estas tierras mediante largos viajes en barcazas movidas por las corrientes del pacífico.- -No puede ser,- le dije. - Sí señor. Se trata de un hallazgo extraordinario, pero la lanza de bambú y los amuletos de la tribu, confirman la naturaleza del origen.- -¿Lo van a mandar a estudiar?- pregunté. -No hace falta. Los miembros del personal del museo local estamos lo suficientemente capacitados como para confirmar el origen. Así que por favor aguarde en el interior de su casa para no contaminar los fósiles.- Exhortó y yo concedí. No sabía si reír o llorar. Ingresé adentro. Me preguntaba con cuanta frecuencia ocurrían este tipo de errores forzados por la soberbia intelectual de un grupo de charlatanes graduados. Fin

No comments yet

Log in to join in Reading is open to everyone. Replying needs an account.