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RELATO: La senda del estafador. 5 palabras usadas. Contaba, Oreja, Sendero, Cura y Ciegos El CURA Anselmo era un hombre bueno. Pero hacía cosas malas. Se las sabía todas. --¿Las oraciones?-- -No, las mañanas para salirse con sus malignos propósitos. - Al menos eso CONTABA mi Tío Julio. Que a él lo habían estafado con la reparación del techo de la iglesia. Aseguraba que no le habían pagado. Y yo le dije: -Tío Julio, tú no arreglas techos.- Respondió: --Es verdad. Pero vendo arreglos de techos. Que es muy distinto. -- -Y también automóviles siniestrados.- Agregué. Él asintió. --Así es querido sobrino.-- No me había quedado claro la clase de estafa había sido esa. Era como si dos crápulas se hubieran encontrado y ambos lanzaran sus más viles acechanzas para aprovecharse del prójimo. Y eso me dio la idea iluminadora. ¿Por qué diablos yo no estaba tratando de aprovecharme de algún incauto? Mi tío lo hacía siempre. El cura también. Yo nunca. Y él era mi ídolo. Tenía que imitarlo. Todos los seres humanos reflejan actitudes de las personas que admiran. Así que marché en busca de algún objetivo por las calles de mi barrio. Y al doblar la esquina, allí estaba la casa de César Podesta, el ciego del barrio. Una pequeña finca donde vivía desde hacía muchos años. El señor era presa fácil para las golondrinas de la estafa como yo. “Al viejo lo desplumo” pensé. “Este ciego sí que literalmente no volverá a ver un billete de sus ahorros”. Me reí. -EH, don César,- le grité. Lo observé caminando con su bastón en dirección al garaje en el fondo del patio. Parecía presuroso. Me hizo un gesto con la mano, mientras giraba la cabeza para todos lados intentando enfocar la presunta dirección en que se encontraba su interlocutor. -Acá estoy,- le dije mientras avanzaba. Me invitó a tomar unas medidas de RON. El viejo vivía en soledad y apreciaba las visitas. Así que mi acechanza no podía salir mejor. En lo profundo de mi mente me glorificaba pensando en que estos CIEGOS eran el combustible de toda obra de un estafador. Ingresamos a la vivienda y nos sentamos. Luego de destapar la bebida, el ciego no embocaba a las copas aunque lo intentaba una y otra vez, mostrando su inmensa caridad. Era muy hospitalario. Así que le saqué la botella de la mano y serví yo. Le entramos a dar medida tras medida sin descanso, al punto en que parecía una carrera. Para cuando estábamos bien alegres, y el viejo rememoraba imágenes de almanaques viejos cuyas chicas desnudas tenían más ropa puesta que toda la boutique de doña Catalina, le pedí silencio. El viejo dejó de hablar. -Mire don César,- le dije, -ando tirado de plata. Necesito dinero. – --No tengo,-- respondió con sus ojos enfocados en direcciones imposibles. -Pero don César, si todo el barrio sabe que usted tiene ahorros.- --Ah, no, pero eso está en el banco.-- -No me diga, y no lo puede buscar.- El viejo se puso a mover la cabeza. Pensaba y pensaba. Hasta que señaló la puerta de un mueble. Era un baiut. Abrí y allí dentro había un bolso de cuero lustroso. Don César señaló el bolso. “-LLevalo,-” me dijo y luego dictó la clave de su cuenta bancaria. – --Anótala en el teléfono porque no tengo papel.- - agregó. Y yo obedecí. Ya me veía comprando un pavo asado con esos dividendos. -- Retirá todo el dinero.-- Exhortó. Así que enfilé por el SENDERO y me fui hasta el banco. Los grandes estafadores como yo, mi tío, o el cura, somos gentes habilidosa y metódica que siempre encontramos la manera de obtener ventajas en situaciones desventajosas. Es nuestro sello distintivo. Ingresé al banco sintiéndome importante. Pues cargaba un maletín. Paré la OREJA, un dicho de mi pueblo que significa ponerse alerta. Enseguida noté como los empleados me miraban de reojo y me señalaban. Es posible que ya sospecharan de que iba a hacer un retiro enorme. Gente talentosa como yo no ingresa a estos edificios institucionales por dos monedas. Generalmente nos llevamos una pequeña fortuna. En el momento en que me disponía a afirmar mis brazos sobre la superficie del mueble de atención al cliente, llamado vulgarmente CAJA, dos policías me rodearon. Me sujetaron y me esposaron. -Pero qué pasa,- inquirí azorado. --Es el bolso que fue robado con los sueldos de jubilados y pensionados.-- Comentaron . En ese momento yo les expliqué que no era mío, que pertenecía al ciego. Y mil cosas más. Me trasladaron a la comisaría y citaron a Don César. Para mi sorpresa, al consultarle sobre el bolso, el ciego respondió que no sabía nada. Y yo le grité enfurecido, - Y este perro número de dónde salió.- Mostré el teléfono y la nota con dichos caracteres. El oficial se lo dictó al ciego. Y este se conmovió. Tembló de miedo. –Tiene mi número de cuenta bancaria,- gritó horrorizado con las manos en la cara, -es un yaker.- Dijo. -Hacker, - corrigió el oficial. –Crímenes informáticos, lo sospeché desde el principio,- murmuró. –Al calabozo,- exhortó señalando mi persona. FIN.

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