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@DadoblancoOnNoiseApp

Las palabras de hoy. Extraño - Sorbo - Castigo - Feroz - Cuadra Constreñidas Sesiones El día en la oficina se me estaba haciendo largo. Las cosas normales se iban volviendo raras. Era muy EXTRAÑO. Primero que nada la bruja de mi mujer con sus actos de bondad, hacía de mi vida el suplicio caótico más difícil de soportar. La muy perra miraba esos ridículos videos de youtube, a quién en acto de desprecio llamaré la chutupera. Y se dejaba influenciar por las reverendas estupideces que decían esa manga de alcornoques que se ganan la vida publicando cosas de las que no tienen ni la menor idea. Bueno, el asunto era que había visto a uno de esos ignorantes hablando de la naranja como un super fruto, que entregaba mejoras de salud robusteciendo el sistema inmunológico a los consumidores. Y sostenía que había que comer menos harina por los radicales libres y varias otras cosas. Y adivinen. La muy desgraciada redujo mi sanwich de miga, para agregar en la vianda de comida que llevo a la oficina, un par de naranjas. Incluso cuando sabía que a mí la comida sana no me CUADRA. ¿Se imaginan mi cara de felicidad cuando vi que ella se preocupaba por alimentarme de manera saludable? Pero no todo era malo en mi día. Alejandra, mi jefa, se había vestido con una minifalda más corta que de costumbre y pidió a unos pocos empleados que se queden después de hora porque había un plano muy importante que terminar. Todos aceptamos. No sé si por la paga extra, por el prestigio, o por mirar esas dos esculturas que llevaba como piernas. ¿Y lo de arriba? Bueno, eso era un círculo perfecto. De tamaño considerable. Pero firme. En esas rígidas curvas estaban escritas las horas de gimnasia que le dedicaban…. Y yo tenía ganas de dedicarle… volviendo a los planos, las horas fueron pasando. El almuerzo fue rápido. Di un SORBO al jugo. Comí el sandwich y las naranjas. Al rato, me sentí anormal. Mi estómago no estaba acostumbrado a digerir naranjas. Parecían inofensivas, pero eran verdaderas bombas reactivas en el intestino . Para poner fin a tan acuciante situación fui hasta el baño con la intensión de soltar un poco de la presión interna que me estaba sofocando. Al abrir la válvula el ruido fue contundente y sonó tormentoso en el escasamente sonoro ambiente que acogía esa oficina. Me dio tanta vergüenza que no pude vaciar el tubo de aire. Me aterraba que alguien escuchara. ¿Y si llegaba a los oídos de Alejandra creo que saltaría desde una de las ventanas? ¿Qué si estamos alto? A ver, entiendan esto. Me desempeño en una firma de arquitectura urbana. La sede donde me encuentro está situada en lo más alto de un edificio de oficinas con 93 pisos. Y créanme que si Alejandra escuchara algún ruido, yo salto por la ventana. Así que regresé a mis ocupaciones habiendo negado la posibilidad de descomprimir mi horrible estado estomacal. Para mi sorpresa, el increíble estado de hinchazón se comprimió todavía más. Parecía que tenía un bombo. Qué dolor, qué incomodidad, que mal estado. Y Alejandra que se paseaba con esas minifalda tan bonita. Se acercaba a sus empleados y les hacía correcciones de lo que supuestamente el contratista pretendía. En ese momento pensé que la bruja de mi esposa estaría disfrutando de esos videos de chutupe. Y yo, aguantando. Era como contener un hormiguero con las manos. Sin embargo, descubrí fuerzas que desconocía tener. Apenas me podía mover ante el temor de que se produzca algún escape estentóreo. Me sentía momificado. Así transcurrieron las horas más largas de mi vida, hasta que terminé mi bosquejo. Antes que nadie. Alejandra aprobó el trabajo y yo me despedí. Quería irme. No aguantaba más. La presión casi me paralizaba. Abandoné la oficina y para mi sorpresa, el ascensor estaba esperando sin necesidad de que lo llame. Era un milagro. Pero claro, a esa hora ya las demás oficinas estaban vacías. Y no había tráfico de gente. Ingresé y presioné el botón de planta baja. Los motores comenzaron a funcionar. Y yo en esa soledad inmensa de 2x2, aflojé mis piernas. El aire comenzó a salir como si fuera un huracán desatado. Tronaba como los escapes de una moto acelerando en su mayor día de furia. Las poleas y cuerdas del asesor acompañaban con los ruidos raros y en ese momento me sentí una especie de Ludwig Van Beethoven dirigiendo la filarmónica de Praga. Era una melodía extraña pero sincera, sin tapujos, que dejaba salir todo el alma del compositor. A esa altura, el olor que se acumulaba en el pequeño compartimento era tan espeso que si aumentaba un poco más sería palpable. Maldije esas naranjas. Pero qué bien se sentía ahora mismo sin esa FEROZ presión interna. Todos ese mal día quedaba en el recuerdo. Y a partir de ese momento, todo iría bien. Pero de repente, las cosas se pusieron mal. El ascensor se detuvo. Todavía faltaban como 70 pisos. Un hombre ingresó apurado con su maletín. Presionó el botón en un instante y comenzamos a bajar. Cuando respiró profundo sus hojos se abrieron grandes y su rostro se volvió torvo. Me insultó y frenó el ascensor a golpes de puño sobre la botonera. Salió despedido tan rápido como había ingresado. Yo estaba en un rincón. Mudo. Azorado por la vergüenza. Y no respondí los agravios. Puse en marcha el aparato y continué bajando. Sentí las ganas de orar por que nadie más subiera y se topara con la cortina de humo que había excretado suponiendo que a esa hora reinaba la soledad en ese edificio de ejecutivos. Pero mi pesadilla se hizo realidad casi de inmediato. ¿Era un CASTIGO de dios? El ascensor se detuvo de nuevo. Y a través de la puerta reconocí la voz de la señora DE LA CROA. Una millonaria que era accionista principal de la Pavimentadora más grande del país. La puerta se abrió. Ella hablaba por teléfono mientras empujaba la silla de ruedas de su marido. Un hombre bueno que había sufrido un accidente con su caballo de polo y había quedado hemipléjico. No tenía forma de comunicarse más allá de limitados movimientos con las manos . Pues sus dedos estaban paralizados también. La puerta se cerró tras ellos. La señora continuaba hablando por teléfono. Pero el hombre abrió los ojos. Y se puso colorado. Su paralizada e inexpresiva cara se volvió un pálido reflejo del horror . Ella seguía hablando por teléfono. El hombre comenzó a mover las manos lo poco que le era posible. Estaba furioso. Movía y movía los brazos lo más rápido que le era posible. Pero la señora DE LA CROA no le prestaba atención. Hasta que de pronto, su voz se silenció de manera abrupta. -¡CORTO!.- avisó a la persona con que hablaba. Luego miró a su marido. Y acto seguido clavó sus ojos en los míos. Observé cómo le caían lágrimas. Luego comenzó a ulular de manera ininterrumpida. Los pisos iban pasando y ella seguía dando un desgarrador grito. Intenso e infinito. Yo seguía arrinconado sin decir palabra. La vergüenza que estaba pasando sólo era explicable por la sencilla razón de que esos ascensores no tenían ventanas, sino ya me hubiera suicidado. Igual estaba seguro de que al día siguiente iba a renunciar. Por fin llegamos a la planta baja. La señora dejó de gritar. El hombre seguía a los manotazos intentando comunicarse, pero sus gestos parecían los de una persona atrapando moscas. Y la puerta se abrió. Una comitiva de ejecutivos esperaba para subir. Yo salí corriendo. No quería que me vieran la cara. A mi espalda sentí la voz cansada de la señora DE LA CROA. -No ingresen,- advirtió . -Miren como huye ese hombre,- gritó mientras me señalaba. Aumenté la velocidad, pues la vergüenza me carcomía el alma. Y en ese instante, la gloria me acarició. La señora explicó: -Mi marido soltó una horrenda flatulencia, siempre hace lo mismo. No se controla. Hasta es posible que se haya hecho caca.- En ese instante frené mi carrera y miré sobre mis hombros. El señor agitaba más y más las manos intentando decir algo que nadie podía entender. Y yo levanté la frente y me alejé caminando derecho, despacio, mientras saludaba a otros oficinistas que no paraban de reír. FIN 09/07/2022

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