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La ofensa. ¿Qué camino lleva a los hombres a ofender a tal punto a una diosa, aquella que siempre regó con optimismo y salud la vida misma de la tierra que pisan, como para abandonarlos y condenarlos? Quizá la pregunta correcta sea otra. ¿Qué es lo que un Rey en nombre de su pueblo no debe hacer para ofender a semejante figura? Durante mucho tiempo, de entre todas las tierras del mundo, el reino azur fue el mas prospero y poderoso. Su Rey, y su consejero más cercano, el maestro, mantuvieron en utopía la exitosa realidad de Azurita. Un soberano joven, pero sabio y diestro en todas las artes que le fueron confiadas. Justo como ninguno, y fiel a su gente. No es como esos ostentosos líderes que viven en palacios y castillos. El prefirió construir una cabaña cercana al lago de los cerezos, en el punto más alto del valle. Fiel a los principios del viejo sabio, aquel que lo crió desde el momento en que era un pobre niño de corta edad debía tomar las riendas de una nación entera. El pueblo lo acogió con gran regocijo; de todos los príncipes, nobles, emperadores y señores, que habían pasado, él fue el único que vivía noche y día en pos del bienestar de su gente. Se ha visto a pocos reyes jugar con los niños del templo, escuchar los consejos de los ancianos que se reúnen cerca de la fuente central, ayudar a los obreros y constructores cuando el calor, a veces agobiante, les dificultaba sus tareas, e incluso plantar y cosechar su propio alimento. Su encanto era notable. No tardo mucho tiempo en que las jóvenes del lugar pusieran sus ojos en él, pero solo una fue correspondida. Comenzaron una vida juntos en aquella cabaña cercana al lago. No pasaron muchos años para que el joven rey comenzara a pensar en su descendencia. El añoraba con lo más profundo de su ser que la gloria de su tierra durara por generaciones, y por eso pensaba que su hijo debía aprender muchas cuestiones con él acompañándolo. Siempre obsesionado de diferenciar su historia con la de los demás, quería que su prole tuviera la compañía y el ejemplo de un rey en acción-La utopía se hizo aún mas profunda con el paso del tiempo. El heredero llegó.- Sin embargo, por simples y mundanas realidades, una enfermedad comenzó a propagarse por la aldea. Fue traída, según dicen, por los mercaderes de Nefrita. Muchos perecieron ante este mal natural. La fortuna no le sonreía esta vez a Azurita y mucho menos a su justo líder,  pues su amada a las pocas semanas de dar a luz presentó los síntomas y se desvaneció. Su maestro al ver la situación trato de aconsejarlo para aceptar el destino que vivían. Pero no fue escuchado, el tiempo pasaba y solo lograba quemar por dentro al muchacho. Comenzó a recluirse en su mismísimo ser. Ya no compartía con su pueblo las vivencias que le habían regalado su reputación. La nostalgia lo consumía. Y olvido las palabras de su maestro: "La nostalgia hijo mío, es solo uno de los males pasajeros que debemos soportar. Pues ella provoca que sobrevaloremos las buenas cosas y nos olvidemos de las malas que nos han enseñado tanto. Y en pos de recuperarlas los hombres han cometido muchos errores. " Lleno de tristeza por lo sucedido, empleó un plan para recuperar la salud de su gente y tomar venganza por aquellos que, según él,  habían traído la desgracia a su pueblo. Formó un ejército de proporciones apoteósicas, y sin dudarlo un segundo, atacó el pueblo de Nefrita, acabando con cuanta chispa vital existiera en aquel desgraciado lugar. Pero cuando volvió solo había hecho mas grande el vacío que lo quemaba en el mas silencioso de los momentos que tenía a solas consigo mismo. No se cansaba de pedirles a los  dioses que le hicieran uno con el tiempo, y que aquellos buenos momentos fueran siempre. De pronto y como siempre, apareció una de esas frases que queman la mente del más noble. En uno de sus paseos por el pueblo, se cruzó con un hombre que llevaba la peste en su rostro. Este se le acercó y le hizo recordar los misterios que escondía el suelo que pisaba. La existencia innegable de seres extraordinarios que habían estado siempre presentes. Su tierra es  el hogar natal de los Ura, espíritus hijos de la diosa del viento. Protectores fieles de la naturaleza y básicamente su mayor medicamento. Se dice que por cada Ura que cae en el suelo entregándose por propia voluntad a la naturaleza, la flora y la fauna gozaran de mil años de buena salud.  El miedo de la perdida de su heredero, lo llevo a olvidarse de otra sabia enseñanza de aquel buen hombre que le había acompañado. La armonía de los seres extraordinarios de este mundo jamás debe ser perturbada. En la mente del (ya oscuro) rey se vislumbro la idea de cruzar los límites del bosque, en búsqueda del árbol de los Ura. Con la fuerte creencia de que al usar a uno de estos seres como canalizador de una solución, no sólo curaría a su gente, sino traería de nuevo a aquellos que fueron perdidos por la peste. Un grupo masivo de pobladores se reunió en la fuente, convocados por el soberano. Y sin ningún reparo podría decirse que con sus eufóricos gestos para vitorear, le rogaban que hiciera aquella cruzada. El hombre, que aún no había perdido su sentido de justicia, les dijo que la encararía el solo. Si no volvía era la señal definitiva de que los tiempos en Azurita habían cambiado para mal. Otro error común en los hombres, darse mas valor del que poseen, un rey no determina por su sola existencia el destino de su pueblo, pues son sus actos los que en todo caso modifican las realidades. La corta empresa comenzó, el hombre, su corcel y un puñado de herramientas se perdieron en la niebla que delimita aquel punto donde los hombres no deben cruzar. No pasó mucho tiempo para que el profundo silencio que invadía el bosque se callara en gritos. Las jóvenes criaturas proles de la madre del viento le rodearon con miradas de curiosa ternura. Pero en su alma no existía empatía, solo un triste deseo de maldad y oscuridad para con estos seres. El firme precepto de atrapar al menos a uno y exprimirlo si es necesario para curar a su gente lo cegaron para cometer el mas atroz de los actos de su vida. El rey comenzó a atacar y a atrapar a cuanto Ura pudo, pero los seres no sangraban. De sus pieles solo caía un humo que congelaba todo lo que tocaba. Fue tan brutal la masacre que en unos pocos instantes el lugar a su alrededor se había convertido en una cámara helada. Rendido ante la escena, comenzó a desvanecerse en un sueño del cual pensó que no saldría. Pero justo en el momento que sus ojos estaban en el clímax de su relajación, una voz femenina irrumpió su calma. Dulce y suave, pero en un tono amenazador dijo -En la luz somos uno, pero tu oscuridad ha quebrantado el vínculo. Has cortado un ciclo. Hoy inmolare el firmamento de aquello que más amas, y entregare la sangre de aquello que yo mas  amo, solo así el equilibrio que hoy has roto podrá calmar el dolor que me has causado. Traeré la armonía que a mi me plazca y vivirás por mucho tiempo para que tus ojos se vean realizados por lo que has creado. Tu obra maestra no es más que el fin más ignorante de los hombres, y su eterna ilusión de controlarlo todo. Pero tranquilo, una parte de mi se quedara para siempre contigo, y una parte tuya conmigo.-  Sus ojos se cerraron, y al abrirlos nuevamente ya estaba en un lugar más familiar. Entre las hojas que caen del techo de la cabaña se deja ver una figura onírica y blanca. Casi espectral. Un pequeño ser que cae a unos metros de donde alumno y maestro se encontraban. Como una luz estelar brilla. Pero no respira, el frío consume también el aliento que le queda. Una vez mas la suave llovizna que rocía los cerezos del lago cae sin tener en cuenta la helada. Su ceño fruncido, muestra el innegable desdén tras la cruzada que emprendió. Sin embargo con pies rígidos y apesadumbrados, como su rostro, comienza a moverse lentamente hacia el Ura, el espíritu que cayo del techo. Su figura brillante pero aterciopelada, descansa en los pastos del patio delantero. A unos metros yace de rodillas su maestro. Su sabiduría intacta, pero las semillas de su mano ya no brotaran, pues la helada se ha llevado hasta el último atisbo de optimismo. Por deseo de una diosa, la sacra tierra de Azurita, se seca en el más profundo de los gélidos gemidos. Un pequeño espíritu acompañara el triste camino que el rey ha escogido, mientras su heredero dormirá por siempre en las cámaras heladas que sus actos crearon. Ningún rey sabio, ni bondadoso, reina por siempre.

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