☆☆☆ En las noches cuando la plateada Luna se eleva y al viejo cementerio de mi pueblo ilumina, el enterredor avanza entre las tumbas con paso lerdo y obtuso. Sin camisa que lo cubra del frío crepuscular, va de un lado a otro. Lleva un enorme sombrero de pelo e'guama que se pone cuando, cavando moradas, el sol le tuesta su lomo, y un pantalón con dobladillo a doble vuelta que acompaña con alpargatas. Pero si estuviera descalzo, se notaría que camina con los pulgares y meñiques del pie arqueados hacia los lados. Su pecualiar personalidad la completa con una sonrisa fija, congelada como la noche, como si se la hubiera puesto con pegamento. No son noches desquiciadas, ni extrañas. No en un cementerio con un enterrador y una botella de cloroformo en las manos. Los gajes del oficio le han llevado a probar el potente anestésico y a abusar de él más de una vez. Cuando el cloroformo entierra sus garras en un hombre, rara vez lo deja ir. Así, el personaje del que hablo espera a que caiga la noche para destapar ansiosamente la botella, y qué mejor lugar que el cementerio, testigo silencioso de sus innumerables borracheras, donde pasa la noche también como celador. Tras la primera inhalación de cloroformo, su pecho se dilata; en la segunda, su boca se atesta de saliva; en la tercera, un extraño hormigueo comienza a invadir sus extremidades; ya en la cuarta, sus labios se hinchan junto con las ideas que dan vueltas en su cabeza, y así comienzan a suceder cosas muy particulares. La química de su cerebro se ha alterado. La fantasía, alimentada por el vapor de cloroformo, se desata y le allana el camino al enterrador, conduciéndolo a una tumba abierta que había sido removida por la tarde y que, por falta de tiempo, sus restos no habían sido trasladados al osario. Se detiene y, a través de la niebla y el canto de los cuervos, ve un ataúd abierto detrás del enrejado, y a un lado, sobre un montículo de tierra, el esqueleto del hombre que estaba encerrado en él. Nuestro personaje escucha algo. ---- Oye tú, ¿puedes venir un momento? Oigo tus pasos pero no te veo. Entonces, el enterrador desliza torpemente el cerrojo, entra y avanza con suspenso y a la vez entusiasmo hasta llegar al hombre de huesos. Allí se agacha y ajusta la posición de sus ojos, girando el cráneo y ajustándolo a la orientación del esqueleto. Se acurruca junto a él y comienzan una larga charla hasta el amanecer, cuando el efecto se ha agotado y su amigo se desvanece para volver a ser la calavera, a la espera de ser colocada en el osario con los demás huesos. ☆☆☆ -✍- C•F _ _ _ #Español #NoiseChat #EnEspañol #DeCalidad #Literatura #Relato
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