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@CarlosF

A la memoria histórica de Mérida, en la noche triste... Es la época en que los colosales árboles de los alrededores de Mérida aparecen cubiertos de flores. Se encuentran dispersos a lo largo de las playas de los ríos y alrededor de los caseríos y pueblos, mostrando por doquier sus espesas copas purpúreas y verdosas. Ceibos, robles, araguaney y maitines, los mismos que dieron sombra y cobijo a las tropas libertadoras durante el paso de Bolívar por los Andes, son ahora mudos testigos de lo que un día ocurrió en esta hermosa tierra de frailejones y nieves perpetuas. I. Un día sin campanario. En esta época de floración, los días son normales para unos y monótonos para otros. ''Hoy apenas se ve el sol y el cielo está encapotado", dicen los trabajadores, mientras las calles de Mérida, habitualmente solitarias y silenciosas, están llenas de gente. Las puertas de los templos, como siempre, permanecen abiertas de par en par. Los mercados de verduras y frutas venden los mejores y más frescos productos procedentes de los páramos y los pueblos del sur que rodean la capital. En los templos y mercados se mezclan los elegantes trajes de las damas de alta alcurnia con los humildes atuendos de las mujeres del pueblo. Y en las plazas la gente se reúne para hablar de sus trabajos, de sus familias, de sus estudios o quizás de un amor oculto. Y así transcurre el día. Como cosas de la vida, caprichos, casualidades o avisos sobrevenidos, el día anterior había muerto el campanero de la catedral. ¿Quién tocará las campanas en misa?'', se preguntaba la gente; algo tan sagrado para los merideños desde los días de la fundación de la provincia. ''Los campanarios están en silencio, igual que la música, triste y profundamente melancólica'', decía alguien en la plaza a última hora de la tarde, mientras se preparaba para volver a casa. II. La hora del crepúsculo. El aire cálido de cada caserío y pueblo de Mérida apenas mueve las hojas de los árboles, y no hay más ruido que los gritos de los jornaleros de las haciendas preparándose para otro día de café, cacao y caña de azúcar. El sonido de los grillos perdiéndose en la noche o el aterrador piar de un Juan de Dios en un maitín, nos recuerdan que la noche es larga. De pronto se escucha el siniestro sonido del cataclismo y simultáneamente la tierra tiembla de manera espantosa, las casas se derrumban sobre sus bases y espesas nubes de polvo llenan el espacio, ya lleno de por sí de gritos de horrible desesperación. Una noche espantosa, aquella. Pronto, algunas casas quedaron en pie lúgubres y desiertas. Pero la tierra seguía temblando a cada instante durante la noche; y la gente, refugiada en las plazas, clamaba a Dios por misericordia. III. Aurora petrificada. Cuando por fin el alba del nuevo día iluminó las ruinas de Mérida, los supervivientes estaban allí, sobre los escombros de las casas y capillas, pálidos como la muerte sin emitir el menor gemido desde sus pechos. Se podía creer que el inmenso dolor de sus almas los había petrificado. «fiN» La noche del 28 de abril de 1894, Mérida fue sacudida por un fuerte terremoto, cuyas consecuencias fueron tan devastadoras que la historia lo registra como el 'Gran Terremoto de los Andes Venezolanos', debido a sus secuelas en Táchira y Trujillo y parte de Colombia. Aunque han pasado 128 años, estos acontecimientos no se han olvidado en la mente de los habitantes de Mérida. De hecho, todavía se pueden escuchar historias y anécdotas que han pasado de una generación a otra sobre este acontecimiento. Un placer haber escrito y compartido esta historia para esta comunidad, Saludos fraternales, -✍- C•F _ _ _ #Español #EnEspañol #NoiseChat #DeCalidad #Relato #Mérida #História

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