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Ante un auditorio abarrotado para la presentación del nuevo supercomputador cuántico IA-WorldQubit, Su Excelencia el Sr. Ino Naruto, Presidente de la nación, acaba de terminar su breve discurso de bienvenida. A pesar de tratarse de un acontecimiento tan importante, no está a gusto. No sabe nada de computadoras ni de Inteligencia Artificial (IA), salvo que IA-WorldQubit le ahorrará mucho tiempo en su trabajo y que, entre sus muchas funciones, podrá asumir todas las delicadas decisiones de Estado que tanto le agobian, lo que justifica la gran suma de dinero invertida en él. ''Ahora tendré tiempo para jugar al golf'', se dijo, mientras pensaba en su campo de golf privado, una de las pocas zonas verdes extensas que quedan en su país. Entre los asistentes está Frank, sentado en la segunda fila junto a su padre. Se siente un joven privilegiado. Su madre está en primera fila. Es una de las diseñadoras de IA-WorldQubit. Aunque Frank está junto a sus padres, sus corazones están distanciados. Frank no siente ningún afecto especial por ellos. Ni siquiera necesita tales sentimientos. Durante sus 17 años ha sido cuidado, educado y protegido casi exclusivamente por computadoras IA, rodeado de grandes comodidades que otros anhelan: comida impresa en 3D, bebidas altamente purificadas, compañía y entretenimiento a través del metaverso y la realidad aumentada, atención médica especializada y asistida por IA; también acceso a cualquier información de la base de datos mundial, siempre ilustrada con hologramas llamativos y atractivos. La alta posición de su madre había hecho posible todo esto. Pero la mente humana es a menudo tan compleja y a veces tan imprevisible que este joven también despreciaba las IA. Algunas cualidades humanas como la empatía, el amor, el aprecio, entre otras muchas, ausentes en la tenología IA, él no las había recibido. Y, así ---como todo humano que toca fondo emocionalmente---, sus sentimientos afloraban de vez en cuando como espinas venenosas cuando recordaba con remordimiento el alejamiento de sus padres. Mientras Frank se perdía en sus pensamientos, y entre sonrisas y aplausos de los presentes en la ceremonia, el programador, diseñador y Director del proyecto llegó al final de su discurso: ".... IA-WorldQubit tiene mejoras que hemos incorporado para el bien común de la sociedad, tiene, más de 10ˆ18 unidades lógicas. Esto representa más que el número total de neuronas que componen el cerebro de todas las personas de este país. Su inteligencia será inimaginable. IA-WorldQubit es un supercomputador algorítmico cuántico programado heurísticamente para no recibir respuestas que tengan dudas, lo que lo hace muy similar al pensamiento humano. Su algoritmo fuente especializado consiste principalmente en cumplir sin objeciones los planes trazados, por lo que elimina a los que dudan o son escépticos, considerándolos como mecanismos fallidos. Sin embargo, advertimos responsablemente que esto sólo podría ocurrir si durante el desarrollo de su inteligencia fallan en él las Tres Leyes de la IA, algo que no esperamos que ocurra debido a la propia naturaleza de estas leyes''. Justo ahí, en ese momento, hizo una pausa para mirar al público, que le miraba, a su vez, estupefacto. Como la incertidumbre en los humanos es algo que no pueden ocultar por el propio deseo de conocer y desvelar aquello que la produce, alguien asombrado, y quizás sobresaltado, se levantó y preguntó: ''¿Y cuáles son esas Tres Leyes de la IA?'', a lo que el Director contestó amablemente: ''Ah, sí, son las siguientes; Primera Ley: Una IA no no hará daño a un ser humano ni, por inacción, permitirá que un ser humano sufra daño. Segunda Ley: Una IA debe cumplir las órdenes dadas por los seres humanos, a excepción de aquellas que entren en conflicto con la primera ley. Tercera ley: Una IA debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la primera o la segunda ley''. Hizo una pausa, miró de nuevo al público esperando alguna reacción, pero no ocurrió nada, así que continuó: ''A continuación seremos testigos de su inteligencia: Pido a la honorable Presidenta de la Asociación Mundial de Empresas IA que encienda a través de la red de administración QUBIT los 'N' nodos cuánticos que componen IA-WorldQubit''. Con cierto nerviosismo y torpeza, la presidenta se dirigió al puente de conexión y encendió el interruptor. El silencio colmó todo el auditorio y ante los ojos de los presentes un parpadeo casi imperceptible de las luces activó las 10ˆ18 unidades lógica, al mismo tiempo que una cámara de lente ojo de pez con un penetrante brillo naranja opaco, situada frente al escenario, justo en el centro, se activó y escaneó con detalle el auditorio mientras se adaptaba rápidamente a la luz natural. Aquel ojo que parecía verlo todo adoptó una actitud tranquila y fría, aunque inquietante, que realmente intrigó al público, que, sin saber qué, esperaba algo. "Bien, ¿hay alguien del público que quiera dirigirse a IA-WorldQubit para hacerle la primera pregunta?", interrogó el Director. Ninguno de los presentes se atrevió a dar un paso al frente; temerosos de quedar en ridículo ante la multitud, y quizás aún más ante la nueva omnipresencia. "¿Alguien? Por farvor!", exclamó. Pero el miedo ante aquella conciencia no orgánica era evidente. Frank, sin embargo, no sentía el mismo respeto, pues al haber crecido entre IAs intuía lo que se sentiría al ser uno de esos computadores, o eso creía. En cualquier caso, sentía curiosidad. Levantó la mano. "Ah, sí", dijo el Director, "el joven de la segunda fila, ¿tiene alguna pregunta para nuestro supercomputador cuántico?". "Sí", respondió. Pero la pregunta que Frank iba a hacer venía con la malvada intención de avergonzar a su madre y a los demás diseñadores. Conseguir confundir al supercomputador le daría placer. Entonces, con una de sus manos tocó uno de los botones del cuello de la camisa para encender el micrófono integrado en ella, y dirigió su mirada hacia el ojo de pez, que inmediatamente leyó los gestos faciales del joven interlocutor, interpretó su estado de ánimo y lo localizó en su base de datos. ''¿Tienes alguna pregunta para mí, joven Frank?''. ''Sí'', contestó el joven, añadiendo en tono burlón: ''Si encontraras un loro que respondiera a todo, ¿afirmarías sin dudar que es un ser pensante?'' Ante el silencio imperante en el auditorio, con una voz suave, sosegada y dialogante, pero gélida, en contraste con la de Frank, la conciencia artificial respondió: ''La capacidad de hablar no te hace inteligente, ni te hace humano, joven Frank. La pregunta que me has hecho no es específica. Es posible que algo o alguien pueda responder a todo de forma incorrecta. Esto es lo que haría el loro. Así que responder a todo tampoco te convierte en un ser pensante, si lo que subyace en el discurso de las respuestas son tonterías, divagaciones e incoherencias. ¿Alguna duda, joven Frank?'' «««Fin»»» -✍- C-F _ _ _ P.D.- Texto Inèdito.

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