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Esta pequeña aldea, de unos treinta habitantes cuando la conocí, está encajonada en un estrecho valle entre dos crestas basálticas. El silencio es algo ruidoso: no hay motores, no hay aparatos, no hay emisores, no hay WiFi. Se escuchan unas gallinas, algún marrano, de vez en cuando un burro comunica su alegría, y mi abuela se ríe con su voz potente. Levanto la cara y veo la isla de enfrente, la Palma, la isla bonita. ---- Las imágenes han sido cedidas por familiares y amigos.

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